Cielo estrellado con la Vía Láctea en vertical, en primer plano a la izquierda una cúpula de observación astronómico, y el horizonte iluminado por la luz de Almería.  
Página sobre contaminación lumínica de ASAAF-UCM
 
 
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Tipos de contaminación lumínica

 

Luz intrusa: este caso de polución luminosa tiene lugar cuando la instalación de iluminación (farola o foco de iluminación decorativa) emite luz en direcciones que exceden el área que se pretende iluminar. En general, se debe al uso de farolas excesivamente altas, que no sólo iluminan el área de calzada necesaria sino que emiten luz que incide en los edificios y regiones cercanas. Es muy común en zonas urbanas, donde la intrusión luminosa no se detiene en las fachadas de los edificios, sino que se cuela en las viviendas y modifica el entorno doméstico y las actividades humanas.

Difusión hacia el cielo: este fenómeno se debe a la interacción entre las moléculas del aire, las moléculas de los agentes contaminantes y el polvo en suspensión con la luz, produciéndose lo que se conoce como difusión. Su resultado es que un haz luminoso que inicialmente tenía una dirección concreta, acaba siendo dispersado por estos agentes en múltiples direcciones, especialmente hacia el cielo. Cuanto menos orientado y concentrado esté el haz de una farola hacia el suelo (es decir, cuanta más luz desperdicie en horizontal o en vertical), más luz será difundida hacia el cielo. Un exceso de iluminación en el suelo, también implica una mayor difusión hacia el cielo.

Deslumbramiento: fenómeno que sufren los peatones, conductores o animales y que consiste en encontrar dificultada o imposibilitada repentinamente la visión debido a una iluminación excesiva y súbita de un área en relación con el entorno. Es el clásico suceso que experimentan los animales que, al cruzar una carretera, contemplan los faros de un coche que se aproxima. Esto les sucede también a los conductores cuando aparece un foco de intensidad y dirección inadecuadas en una finca colindante con la carretera o en un área de iluminación pública. Representa un factor especialmente peligroso para el tráfico rodado, en tanto que el deslumbramiento puede impedir ver a un conductor la aparición de un peatón o de otro coche, y para los ecosistemas de áreas naturales atravesadas por carreteras.

Encandilamiento: se trata básicamente del mismo fenómeno anterior, pero nos referimos a encandilamiento cuando la luz mal dirigida provoca distracción en lugar de deslumbramiento.

Iluminación inhomogénea: aunque no es necesariamente un factor de contaminación lumínica, está relacionado con ella, y consiste en tener zonas muy próximas iluminadas con intensidades muy diferentes. Tan sólo las áreas iluminadas excesivamente suponen una contribución a la contaminación lumínica. Sin embargo, una iluminación inhomogénea es causa de inseguridad en una ciudad, puesto que los ojos no tienen tiempo de acostumbrarse a las áreas oscuras con suficiente rapidez, y éstas pueden ser un buen escondrijo para maleantes o el lugar por el que transita un despistado peatón antes de decidir cruzar la calle, sin tiempo para que lo vea un conductor. La solución a este problema no es una alta iluminación en toda la ciudad (que, por otra parte, supone un gasto económico y energético enorme), sino una iluminación suficiente en intensidad (realmente nos sorprendería la poca intensidad que es necesaria) y muy homogénea, para que el transeunte y el conductor tengan la vista acomodada en todo el entorno.

Sobreconsumo: en muchas ocasiones, esto no es más que una consecuencia de los tipos de contaminación lumínica citados anteriormente. Se produce cuando la emisión artificial de luz implica un consumo energético excesivo (y, por tanto, un gasto económico innecesario) debido a la exagerada intensidad de la iluminación, al horario de funcionamiento del alumbrado, a la emisión de luz en direcciones en que no es necesario iluminar o a la distribución espectral de la lámpara, que no siempre restringe su emisión al rango de la luz visible.